Sábado, 27 de febrero de 2010.

3:35 hrs.


Me despierto. Abro los ojos de par en par, simultáneamente.

Nada ocurre.

Cuando comienzo a preguntarme que pudo interrumpir mi sueño siento un leve movimiento bajo mi cama. Un temblor, ya entiendo. Espero acostado de espaldas a que pase; a que se comporte como cualquier otro.

Una sacudida violenta me advierte; este no es como los demás.

Tomo la almohada y me cubro la cabeza. Temo que alguno de los cuadros que adorna mi cabecera caiga sobre mí. Pienso que acabará pronto.

Sordo a mis deseos, el movimiento se intensifica.

Adrenalina. Entiendo que es hora de abandonar el calor de mis frazadas y de ubicarme en un lugar más seguro. Me paro bajo el marco de mi puerta, sujetándolo con ambas manos.

Los muebles crujen, escucho vidrios quebrarse, siento las ondas recorrer la casa desde sus cimientos. La luna, perfectamente llena, invade con su reflejo el pasillo frente a mí. En el transcurso de segundos eternos mi mente se desconecta; imagino que estoy en la proa de un barco, contemplando la furia de una tormenta descargada sobre el casco. Entonces la dirección del movimiento cambia y vuelvo a la realidad: ¿Qué pasa si este segundo piso no aguanta? Asumo que no importa, porque finalmente de una u otra manera estoy condenado a vivir este momento en ese y solo en ese lugar.

Impaciencia. Sé que con cada segundo que transcurre los daños se multiplican. Quiero que esto acabe, quiero saber que todos están bien.

En cuanto la violencia cede, cruzo el pasillo tan rápido como puedo. Mi madre me contempla desconcertada; solo atina a confirmar que se encuentra bien. Con unas cuantas zancadas me abro paso hasta la pieza de mi hermana. Su marido, canadiense, se demuestra confundido, pero a salvo. La hija de ambos, de solo un mes de vida, sigue durmiendo plácidamente en su cuna.

Caigo en cuenta de que estamos a oscuras.

Algo más tranquilo regreso a mi pieza, me calzo un par de zapatillas y linterna en mano salgo a comprobar el estado del resto de mi familia; en las casas colindantes viven primos y tíos. El pasaje está en silencio; solo un plateado baño de luna lo ilumina.

Al fondo un destello me avisa que no soy el único que ha hecho suya esta tarea.

Una rápida revisión preliminar arroja un saldo positivo; los daños, solo materiales, son bastante menores. La pobre Janet, la enfermera de mi abuela, está en shock. Dominada por el pánico, solo atina a pasearse impotente de un lado a otra, totalmente pálida. En la primera casa otro primo me recibe en bóxers amarillos y me advierte del peligro que significan las tejas que cubren su techo.

Considerando prudente hacerlo, regreso a mi hogar, pensando en el resto de mi familia inmediata. Mi madre se preocupa por la segunda de mis hermanas, quien vive en Valdivia. Algo me dice que debe estar bien; con una sonrisa pienso en mi padre: quizás cómo reaccionará cuando se entere de lo ocurrido a través de algún noticiario colombiano.

Un estruendo me distrae: ¿habrá estallado una planta de gas?

Entiendo que tendré que esperar varias horas para saber esa respuesta.

Recogemos algunos vidrios, levantamos lo poco que cayó. En mi pieza todo reposaba prácticamente donde mismo lo había hecho una hora atrás. Sin querer ser menos, me acuesto de espaldas, con los ojos bien abiertos, tal cual desperté.

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